Yirama Castaño construye el silencio y lo eleva como la expresión de lo que sólo ella le puede comunicar a su lector, quiero decir, su cómplice. En ese instante, cuando quien lee se enfrenta a la reflexión de lo leído, queda siempre lo no dicho como un deseo, mejor, como una necesidad de decir, de darle una dimensión personal a la imagen, a la metáfora.
Del erotismo lúdico de sus primeros libros, Josefa Parra va pasando rápida e insensiblemente al amor trágico: el que pide, ofrece, sufre, suplica, teme, amenaza o se conforma como quien resignadamente tira la toalla de la esperanza y muere. Sus poemas siempre han sido concisos como balas de plata. Sus versos, perfectamente rítmicos, ofrecen una serenidad de dicción, tono y acento que contrasta con el patetis-mo de las imágenes. El resultado, sin que ella se adscriba a ninguna escuela, coinci-de con aquello a lo que aspiraba la «nueva sentimentalidad» de Granada: recuperar la gran tradición de lírica amorosa española. No quiere esto decir que se adscriba a la poesía de la experiencia: creo que Parra sabe muy bien, por inteligencia y por instinto, qué tipo de lenguaje está destinado a caducar, a convertirse en cliché clónico, y no va a ser ella quien se ponga fecha de caducidad.






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